Demasiado tarde para motivar mi cuerpo a algo más que una
ducha y acostarme… era un día de esos para olvidar…Pero… ¿Quién eres?, le
pregunté.
-Soy tú, me contestó.
-No puedes ser yo, eso es del todo imposible. Yo estoy aquí
de pie, observándote.
-Estás delante de un espejo, me contestó ella, mostrando
cada vez mayor seguridad en sí misma.
-Eso es imposible. Te he tocado, eres distinta a mí, no te
pareces en nada. ¡No eres mi reflejo! Además, nada se interpone entre nosotros.
-No soy tu reflejo, ya te he dicho que soy tú. Y sí, si hay
algo que se interpone entre nosotros, algo que hace que ninguna de las dos
seamos felices. Tú y yo, o mejor dicho yo y yo, jamás nos encontraremos bien
conmigo misma de la forma en la cual ahora vivimos.
-No entiendo nada, contesté mientras le seguía observando, y
me iba poniendo cada vez más nerviosa. Ella sin embargo parecía que a medida
que avanzaba la conversación se encontraba más relajada, y sin dejar de mirarme
a los ojos, donde veía mi convexa figura reflejada, alzó con un movimiento
quejoso uno de sus brazos, dejando su garra peluda apoyada en mi corazón.
-Como ya te he dicho, hasta que no me veas bella no serás
feliz, no lo seremos ninguna de las dos. Tienes que verme, que verte al fin y
al cabo, bella, pura, luminosa, salvaje. Tienes que acercarte a mí, a ti en
definitiva. Es difícil explicarme ya que juego en tu terreno. Al tener que
comunicarme mediante este infame lenguaje estructurado y conceptual estás
haciéndome, haciéndote, caer de nuevo en la inmensa red de la gran mentira.