Tu sexo en mi
Déjame buscar el momento único, selecto
de caminar por la vereda de tu tiempo
y hacerte muy mío
cubierto de sabores y de letras
rebuscando en el momento intenso la vida
esa que arrebatas con tus besos mi cuerpo
haciéndome temblar entre tus dedos,
Déjame , difundir esto que siento,
ser mar entretejida en tus sombras
meterme en tu piel fundirme en tu boca
que tu pecho sea refugio de mis besos.
Déjame hilvanar caricias de terciopelo
que tus manos moldeen de pasión
todo mi cuerpo
que tu boca, disfrute a capacidad
el sabor de mi interior
que grita ser tomado,
disfrutado, extasiado
acalorado, por el sabor de tu sexo en mi...
Epístola
Escribió la carta donde los argumentos parecían otorgarle la razón por completo. Preparó el nudo. Faltó al trabajo. Recordó momentos felices de libertad, pasado que ya no volverá a ser evocado. De pronto, la sintió presente. La vio entrar por la puerta. Caminó hacia él. Ella: totalmente fría; él: totalmente nervioso. Movió la silla, sintió caer al vacío. Un vacío que significaba final y comienzo. Un final digno del cobarde que había sido siempre. Solo un imbécil podía terminar así… pidiéndole matrimonio a la muerte
Mensaje
Y de repente apareció, como la niebla matutina que nos invade los días invernales y va desapareciendo al mismo ritmo que el sol, ese frío e invernal sol que va ascendiendo poco a poco a derretir el sutil rocío formado en nuestros tejados.
Sin embargo, su presencia fue breve aunque no en vano. Había venido con un objetivo muy claro: reavivar la alegría fugaz de nuestras vidas. No supe que significó esa sensación, hasta que por fin, vi una nota con un mensaje, el cual abarcó en mí un fuerte sentimiento de nostalgia: Estoy bien.
Sin embargo, su presencia fue breve aunque no en vano. Había venido con un objetivo muy claro: reavivar la alegría fugaz de nuestras vidas. No supe que significó esa sensación, hasta que por fin, vi una nota con un mensaje, el cual abarcó en mí un fuerte sentimiento de nostalgia: Estoy bien.
Viernes de un frio agosto, crece una duda en mi corazón. Yo nunca fui muy religiosa, y tal vez nunca lo sea. Poco a poco veo pasar los días, y las guerras, veo el hambre con que vive la mitad del mundo, veo como… como cerdos hambrientos de la inmundicia; van hacia el dinero y mientras más ricos son más ricos quieren ser .En tanto en otra parte del mundo miles de niños mueren. Mueren del flagelo más espeluznante que existe en ese mundo. El hambre cruel martirio para el que lo padece, un insignificante sollozo para el que mira de lejos. Que ni siquiera se digna a hacer algo por aliviar su pena y su hambre. Y poder aliviar su propia alma.
Cierro los ojos y pienso cosas que pueden pasar, y no hablo de cosas triviales o imaginarias, hablo de cosas posibles, lo malo es saber que todo lo que imagino no va suceder nunca.
Ante lo dicho, no estoy diciendo que me sucedan cosas impensables, sino que si quiero que algo suceda no debo pensar en ello, triste.
Soy de aquellas que se alimentan del pensamiento, de los sueños, que cuando cierra los ojos disfruta como si realmente viviera en un sueño.
Mi problema es la realidad que me es tan extraña, y esta impotencia de no saber qué hacer ante el sufrimiento foráneo y lejano.
Y otra vez amanece. Esta vez pido café con leche, mitad y mitad. Y una medialuna. Y dibujo media sonrisa. Y separo los días pares y los impares. Las horas y los minutos. Los días y la noche. Como sea, siempre la mitad de una vida.
Olvido
Mi cuerpo marcado por cicatrices del pasado, cada cual más profunda que la anterior. Todas con algo en común, la confianza. Me prometí cerrarme y no confiar en nadie más.
Y de pronto llegaste vos, con tu sonrisa perfecta, tus ojos de un verde intenso que me hacían suspirar… Y tantas cosas de vos me perdieron que no me di cuenta que en tu mano había una daga que iba directa a mi corazón. Y esta no haría una cicatriz, esta derramaría eternamente mi sangre mientras mi mente seguirá reprochándome, a través de recuerdos, por qué no te dejé entrar.
MI MUERTE
Había una vez una
mujer que poseía una pasión tan ardiente que podía incendiar una ciudad entera.
Era romántica, viva. Sin embargo, nadie estuvo a su lado para darle calor.
El frío fue
devorándola lentamente por dentro. Primero, la llama latente en su interior se consumió.
Después se helaron sus huesos, impidiéndola salir de la cama. Finalmente, su
sangre se volvió sólida como el hielo y su corazón dejó de latir.
Murió sola, mientras el gélido aliento de la madrugada
acariciaba su rostro, sin que nadie llegara a conocer el calor que ella ansiaba
compartir.
El sol caía en un estruendoso despliegue de rojos, anaranjados y amarillos… El hombre pensó que jamás había visto un atardecer tan bello.
– ¿O será -se dijo- que nunca levanto la vista al cielo?
La súbita aparición de una mariposa interrumpió su divagar. El hombre la miró y supo que aquel ejemplar era el más hermoso de todos cuantos había conocido. Una certeza irrumpió en el fluir de su pensamiento: sólo por ese día, que iba a ser el último de su vida, le había sido otorgado el don de conmoverse ante la belleza.
– ¿O será -se dijo- que nunca levanto la vista al cielo?
La súbita aparición de una mariposa interrumpió su divagar. El hombre la miró y supo que aquel ejemplar era el más hermoso de todos cuantos había conocido. Una certeza irrumpió en el fluir de su pensamiento: sólo por ese día, que iba a ser el último de su vida, le había sido otorgado el don de conmoverse ante la belleza.
Ángel de tormenta
Querías volar. Se te antojó no ser mortal. Deseabas elevarte, como una diosa que trota en el cielo. Suspirabas por que el sol te irradiara la espalda y el viento acariciara tu cara. Preferías no hacer el camino con los pies descalzos, como uno más. Eso era indecente para ti. El día que te marchaste hubo augurios de tormenta. El cielo estaba gris y no pensaste en la caída. No recordabas el dolor.
Te cegaron los relámpagos y tú creíste que fue el sol.
Te envolvieron las nubes hasta que desapareciste.
Se rasgaron tus alas de terciopelo.
Caíste.
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