Séptimo infierno



Bebiendo el elixir de sus cráneos,festejando con el baile de demonios encarcelados este frío averno, condenados, luchando contra nuestros temores sin poder derrotarlos,ardiendo por fuera y por dentro el fuego nos consume cada vez más lento.Los cimientos de un desaparecido imperio son hallados a unos pasos de la puerta del señor sombrío , aunque no le tengo miedo.Nos refugiamos cuando llega el poeta oscuro que nos aclama con una canción.Entre sus versos ardemos, flamas. Consumiendo cerebros que despegan ya. Nuestra piel del hueso se inunda en sus letras. Letras que en blasfemias nos condenaran. Y caemos tristes en el santo averno, al cual él nos guía cual flautista moro.Lo seguimos juntos oyendo su prosa Que maldita lleva a profunda fosa.

Enamorada



Conmoción que nace en un recóndito rincón del alma, en un sueño, en un mirar sutil, echando raíces que poco a poco se tornan profundas, aferrándose al espíritu, llenando los vacíos que otros amores dejaron, ignorándolos, aunque sus raíces inunden nuestro cuerpo.


Sentimientos que sin anunciarse afloran, en una lágrima, en una risa, en un mirar confundido, que llenan el estómago de mariposas, hambrientas mariposas que en su ligero aletear desgarran todo a su paso y hacen del respirar un instante dulce y doloroso.


Sentimientos que con un ardor insoportable rasgan la piel, dejando salir los frutos, las flores, que abren crudamente la carne en nuestra espalda, dando paso a las alas. Y entonces nos elevamos al cielo, y nos creemos libres nadando entre las nubes, bajo el ardor de las heridas y la caricia de los pétalos, ignorando en tanto podemos la pesada cadena que nos une a ese alguien que en un sueño o en un mirar sutil engendraron ese sentimiento que ahora nos hace volar.


No hay luz

Solo gemidos

Lo más parecido a una orgia de fieras

¿Cómo es que estoy aquí?

Yo sólo deseaba la oscuridad que ha de esconder mis sentimientos

Me siento liviana, de cuerpo y espíritu.

Un destello de luz se clava en mis ojos.

Es hora de huir, de perderme en la gran penumbra.

No quiero irme de aquí.
Deleite
bailan las caricias
enredándose tu piel, la mía,
exquisitas sensaciones
hurgando escondidos secretos,
alborada de pasiones
destilando deliciosos sentimientos.

Dos cuerpos… un beso,
placer…
se juntan los sudores
y tiembla el deseo por doquier,
se hacen arrullo los gemidos
entre suspiros
mientras tus manos
se posesionan de mi talle
resbalando suave
hasta el punto exacto
donde nacen los deseos.

Gozo
es llevarte al cielo
con un toque de mis dedos
y es… fundirme en tu aliento,
arder en tu aposento
bajo la misma piel,
bañados en menta y miel.
Embeleso… sensualidad,
dulce néctar tu boca,
almíbar de besos
me provoca…
hacerte mío entre helechos.


Delicia… el amor,
eres romero… soy incienso
en nuestra habitación.

El escultor



Manuel estaba cansado, llevaba muchos años trabajando maderas, metales, granitos, decidió que la escultura que acababa de concluir iba a ser su última obra.
La suerte le había sonreído, su labor era reconocida, recibía buen dinero por las ventas.
Muchos años de soledad y concentración habían sido la clave para aquel resultado.

- Están vivas, repetían no en pocas ocasiones, claro, exageraban bastante los seguidores de este arte milenario.

La talla representaba la figura de un joven, podía ser el mismo, claro que en su juventud.

El destino era el hall de entrada de una galería de renombre. Trabajo con entusiasmo, olvidándose muchas veces de comer y de dormir. Más aun, insistió en entregarla personalmente.

Fascinados los compradores se deshicieron en elogios.

Feliz recibió la paga, se premió con una buena cena y mejor vino, luego ya vería.

Le dio una buena propina al mozo, un muchacho con cierta inquietud en la mirada, quien le agradeció sin comprender, era demasiado dinero, los ojos se le llenaron de luz.

El escultor vislumbro el instante, había hecho su mejor tallado. La escultura de la galería no había sido la última.
No vuelvas la vista atrás, fiel amante, que lo que no imaginas es la sed de costumbre que te traerá de vuelta a mis sabanas como vuelve el sol al mar.

Luna mía


Son las noches, el momento en el que la mente vaga,
el corazón se intensifica, la memoria recuerda.

Son esas noches de soledad, esas noches que me inspiran.
La noches en la que las estrellas me hablan, me cuentan
lo ridículo que es este intenso sentimiento.

La luna que me muestra la inmensidad del universo
y la cercanía de nuestras almas.

La luna que nos acerca, la luna que nos mantiene lejos.
Las noches con luna, de soledad, de amor.

El silencio, la noche, la luna. Cómo no pensarte.
El silencio, la noche, la luna. Cómo no amarte.
Luna, si leyera mis pensamiento.
Luna, silencio, no reveles mi amor.

El bosque gris

Inadvertida paso por la ciudad
como un fantasma pasa por la casa,
que le sirvió de hogar y miro,
como la fría daga que no siente nada,
las líneas paralelas de las calles,
el doble sentido de las palabras,
la dualidad del mundo.

La doblez en el uso acostumbrado.
Las parejas errantes
que, en acopio de besos,
se embriagan entusiastas
de tardes y deseos,
entre las geometrías infinitas
y el murmullo del tiempo.

Y me vuelvo hacia adentro
a este apacible existir solitario.

Jungla de autistas



Tarde de calor, el sol empedernido en derretir asfalto. Una veintena de personas espera la luz verde del semáforo, mientras otros tantos se aventuran como animales cruzando un río en África. Pero el cocodrilo ataca al más débil, un pobre ciego que se confía y se estrella contra el parabrisas de un taxi que lo arroja cien metros adelante. La gente se sobresalta y retrocede o apura el paso, voltea la mirada por un segundo con un poco de morbo y, al ver que ya no hay peligro, recuerda inmediatamente lo apurada que va a ese asunto tan importante y sigue su camino mientras vuelve a acomodarse los audífonos.