Libertad


Apenas abrí la puerta y el sol me dio de lleno en la cara....Me ardieron los ojos de tanta luz y el bullicio de la calle me abrumó. Con un gesto de fastidio me puse las gafas oscuras y me interné en esas calles atestadas de gente....
Hacía tiempo que no salía de mi madriguera y demasiado acostumbrada a mi escondrijo me sentía extraña entre tanto ajetreo, pero el contacto con el aire fresco de la tarde y los viejos olores de la calle me devolvieron un poco la tranquilidad....Caminé sin prisas, sin rumbo, solo llevada por el placer de sentirme libre y escuchar el murmullo lejano del mar. Fue entonces que como llevada por un sortilegio me dirigí hacía ese mar que me llamaba con su loca melodía... Pasé por un puente y crucé al otro lado de la ciudad....Allí las calles estaban menos concurridas y se podía escuchar mejor el sonido de las olas chocando con el rompeolas y el aletear de las gaviotas....
Sabía que era tiempo de partir... De alejarme de aquel lugar y volar lejos, como las aves en busca de nuevos horizontes.... Pero una parte de mí se negaba a hacerlo; quizás por decidía, costumbre o sabe Dios por qué razones... Razones que ni yo misma comprendía;  pero a pesar de todo,  siempre esperaba una señal, una señal que me indicara el nuevo rumbo; pero el destino se negaba a dármela y muy por el contrario me daba nuevos incentivos para permanecer allí... Por eso debía escapar...Alejarme abruptamente y emprender el vuelo...
Casi sin darme cuenta las horas fueron pasando y un velo violáceo cayó sobre el cielo llenándolo de mil reflejos y en medio de aquel juego de luces y sombras una pálida luna se asomó tímidamente...
De pronto, en ese éxtasis de colores y sensaciones, sentí que la ropa se me desgarraba y entre los jirones  de tela aparecían unas voluptuosas alas.....

Y fue así, como si estuviera en un sueño, que me dirigí hacia el barandal del puente y emprendí el vuelo....

En boca cerrada no entran moscas

 

Al señor  Larriaga le gustaba sentarse en la puerta de su casa y parlotear durante horas con los vecinos......En realidad siempre había sido bastante chismoso, pero como comprenderán ahora que estaba viejo y solo, lo era aún más...Así fue, como esa mañana, puso su silla en la acera y se dispuso a conversar con cuanta persona pasara por allí. Y la verdad es que era una hora bastante propicia para tales menesteres, ya que a esa hora, muchas mujeres pasaban aburridas rumbo al mercado y una buena charla les caía a pelo...Así fue que  conversando se le pasaron las horas a nuestro buen amigo, pero también  la lengua, porque empezó a hablar de su hija Irene que vivía en el pueblo vecino y que había heredado todo el dinero de su difunto hermano....Sí pues, su hermano, un hombre muy trabajador y dedicado, le había dejado todo su dinero ...Que por cierto no era poco “Y a mí ni un centavo me dejó el muy maldito” , concluyó Larriaga acalorado...Lo que no contó Larriaga era que su hija lo había cuidado durante años con devoción y cariño mientras él apenas si lo visitaba en algunas festividades y solo por compromiso... No lejos de allí dos ladrones, bien instalados entre los arbustos, lo escuchaban atentamente.
Y esa misma noche, mientras Larriaga dormía plácidamente en su cama; los ladrones se aparecieron en su cuarto y lo obligaron a vestirse y acompañarles...”Ahora vienes con nosotros viejo chismoso “le dijeron y lo llevaron a rastras con ellos a través del bosque hasta el pueblo vecino...
Ya amanecía cuando llegaron a su destino y tomaron una habitación en una fonda de mala muerte,  refugio de parias y delincuentes…. Ya instalados en su habitación, los ladrones se enfrascaron en una acalorada discusión sobre cómo llevar a cabo sus planes, hasta que finalmente decidieron cortarle un dedo al anciano y llevárselo a su hija, para que les pagara  un rescate por el viejo…Luego de cortarle el dedo  al pobre Pierrot  lo  envolvieron  en una tela basta y se dirigieron a la residencia de la susodicha hija...En la puerta un empleado les recibió el paquete y los invitó a esperar la respuesta... Luego de un rato interminable de espera el empleado regresó con la noticia de  que la señorita no les creía nada;  que eran unos farsantes y mentirosos y que mejor se largaran antes que viniera la policía... Furiosos los ladrones regresaron a la fonda y se pusieron a discutir sobre la nueva táctica a seguir; para sacarle plata a la hija, mientras Larriaga yacía en un rincón todo adolorido y maltrecho… Por fin los ladrones decidieron ser más drásticos y cortarle una mano…Y así fue que con la mano ensangrentada y metida en una bolsa de yute, se pusieron de nuevo en camino hacia la casa de la hija…Pero esta vez recibieron la misma respuesta “Puede ser la mano de cualquiera, así que vayan con su cuento a otro lado” y diciendo esto el empleado les soltó a los perros que les dieron un buen susto…
Pasaron varios días y una tarde le llegó a la hija un nuevo paquete, pero esta vez contenía la cabeza de su padre…Ante tal espectáculo la mujer enmudeció y nunca, hasta el día de hoy volvió a recuperar el habla…
Y bien amigos, para concluir les digo que si Larriaga no hubiera hablado tanto, nada de esto  hubiera pasado....Ya  bien dice el dicho: en boca cerrada no entran moscas…

Piedad


Cada vez que veía a la loca, así le decía todo el vecindario, todos se escondían, y empezaban a gritar, ¡allí viene, la loca! ¡Allí viene la loca! Repetidas veces. Ella caminaba con paso rápido, a pesar de que no podía dado a una pierna, que a causa de la poliomielitis el dejo así. Ella con ojos asustados y abiertos, yo una niña de escasos cinco años, no sabía lo que pasaba, ¡solo que todo el mundo se escondía de ella!...Me sorprendió que la gente la mirara con tanto miedo y pavor, ¿no llevaba ninguna arma? ¡No estaba infringiendo la ley! ¿Entonces? cuando oía el alboroto de la gente era cuando yo me paraba enfrente de mi puerta y la veía pasar. Ella, con sus vestimentas viejas y rotas a causa del uso, y con una pañoleta envuelta en sus cabellos negros, y sin peinar. Me veía de reojo, ¿cómo implorando perdón? ¿Cómo? con miedo de la gente que le tiraban piedras. ¡Yo,...pensaba pobre mujer! ¿Y qué gente tan mala qué le tira piedras? ¿Que acaso no tienen ninguna piedad? ¡No podía quitármela de mi pensamiento! Soñaba a ratos, pero también tenía pesadillas.
Mostrar menos

Nostalgia


Ay recuerdo, que tocas la puerta
de la melancolía;
unas veces un sueño otras un susurro del tiempo. 

Las campanas tocan su armonía 
unas veces baile y juego 
otras veces un fúnebre viento. 

Así comenzó el viajero, 
andando en pies de nubes y sueños; 
nadando en un traje de pez y acero.
Volando en espíritu del ave Fenix 
con corazón en llamas de fuego. 

No es tristeza y melancolía 
es un susurro, un soplo del alma 
en la travesía de la existencia. 

Añoro el roce con lo verdadero y eterno. 

Hoy le escribo al recuerdo... 
Piadoso, en calma, como un destello en el alba. 

Unas veces, la fe de crear 
un círculo, con el sentimiento 
del pequeño atrapado 
en su fantasía.

En penumbras


Caminamos despacio
uniendo nuestras huellas con la sombra
y la lluvia que observa nuestra herida.
Sin palabras abrimos los umbrales
de la belleza efímera.
Los cuerpos nos sorprenden
con su temblor de agua.

Visitamos el templo de lo oculto
en medio de la nada.
Nos enlazamos suavemente
con la respiración de los portales.
Me atrapas con tus ojos del océano,
te seduzco en las horas del invierno.

Vamos entretejiendo las vivencias
al tiempo que los meses se diluyen
en la monotonía de las noches.
Deambulamos sin rumbo
bajo la luna atenta a las guaridas,
filtrando nuestro fuego
en la ciudad desnuda, sin fisuras.

Creación


Cosmos y tiempo fogoso binomio.
Viniendo de la nada o de algo ignoto.
Sellando espaldas y el ánimo roto.
De la vida y la muerte, nadie escapa.
Luz cegadora de estrellas impetuosas
Abriéndose espacio y creando el tiempo.
Hervor  candente de nada naciendo.
Al infinito universo existiendo.
Por doquier espacio y tiempo esparcido.
Como amantes nocturnos tendidos.
De la exhausta cabalgata prohibida.
Te expandes al infinito finito,
Con implosión al averno tornaremos

Susurro



Insensible espíritu de mirada triste,
Que en mi andar ceniciento me acompañas.
 Impasible ensoñación que mi alma rebañas,
De puñal agudo que en mi corazón hundiste.
Astuta hada de mil cuentos infantiles,
Que vives aislada del bosque en su espesura.
Pensamiento fugaz que me robas la cordura,
Haz volver de nuevo las ideas a sus cabales.

Aviso

Liquidare todo placer hasta hacerte enloquecer,
No encontrando en mí clemencia ni benevolencia,
Arrasaré tus entrañas y asolaré tu plácida existencia.
Entérate de una vez: eres mi objetivo y te haré estremecer.

Desharé tu agradable día a día hasta erradicar cualquier alegría,
Siendo esa enemiga convertida en incómodo inquilina,
Gozaré inyectándote letales momentos de sufrimiento.
Recuerda esta advertencia: eres mi querido y te mataré con alevosía.

Romperé tus ilusiones hasta hacerte desfallecer,
Ignorando tus súplicas sabrás lo que es impotencia,
Me reiré sarcásticamente y haré que pierdas la paciencia.

Piénsalo bien: siendo mi meta… ¿Qué pretendes hacer?

Se dejo querer


Sofía subió a aquel alejado y solitario lugar a menudo. Y en los dos últimos años contempló las impresionantes vistas al infinito que aquel mirador cómplice de su sufrimiento le ofrecía. En muchas ocasiones, probablemente en demasiadas…  Lo hizo cada vez que sintió cómo la nostalgia se transformaba en una soga asesina que apretaba con firmeza su, ya de por sí, lastimado corazón y se empeñaba en nublarle la razón.
Desde un primer instante la joven Sofía supo que esa relación iba a resultar compleja y que, muy probablemente, estaría abocada a terminar de la misma manera que comenzó aquella tórrida noche de verano: repentinamente. Los camaradas que compartieron confidencias de camarote con el marinero le advirtieron de que iba a sufrir con aquello pero allá se empeñó en vivir esa pasión como la adolescente impulsiva que siempre fue. Al fin y al cabo, tener un amor en cada puerto jamás le había supuesto problema alguno…Nunca…Hasta que ese día en el que todo cambia irremediablemente, llega. Y eso sucedió cuando lo conoció…
Martin jamás osó  exigirle nada distinto a lo que le pedía a las otras, sin embargo ella se lo entregó absolutamente todo.
La desgracia hizo que Sofía enfermase algún tiempo después de conocer a aquel apuesto hombre. Su todavía joven corazón resultó no ser tan fuerte como ella siempre pensó y se vio obligada a regresar antes de lo deseado a la tierra que la vio nacer. Cuando su barco llegó a puerto, lejos de alegrarse por volver a casa, sintió una dolorosa sensación de desapego. Nada de lo que le esperaba en aquel lugar le interesaba lo más mínimo. Aquel estado de continua melancolía perduró más de lo que hubiese sido razonable y únicamente  conseguía apaciguar su desasosiego cuando veía el mar desde aquel impactante acantilado. Mirar al infinito y perderse en el inmenso océano se convirtió en su obsesión. Esas bravas aguas, imaginariamente, le conducían de nuevo a los brazos de su amado y, a través del olor a salitre que trepaba por las escarpadas rocas, Sofía rememoraba el perfume de Martin que, desde allá donde se difumina la línea de horizonte, le continuaba atrayendo con desmedida intensidad. Junto a aquel joven  de mirada intensa y poco pudor, tan distinto en todo a su apocado novio de toda la vida, aquella sirena de mar conoció el verdadero significado de la palabra pasión. Cada encuentro, mucho mejor y más intenso que el anterior, le ataba más fuertemente a la pata de la cama de Martin. Mientras, el compartía sábana con ella y con otros bolsillos generosos. Ella siempre lo supo. Sólo en un principio aquella situación no le importó. Sólo  entonces.
El día de la despedida definitiva, ambos sabían que jamás se volverían a ver, entre revolcones y sudor Sofía adivinó en la mirada de su bello amante que su pena era pasajera. También intuyó que todo en él fue fingido y  aquello le dolió todavía más que el chasquido que sintió en su enfermo corazón cuando cerró la puerta del dormitorio para siempre.
Ya en tierra Sofía fue incapaz de olvidarlo. Nunca consiguió borrar de su mente aquellos labios de ni aquel cuerpo, ni aquella mirada. Jamás. Ni tan siquiera la lluviosa tarde en la que un cándido José Luis le dio el “sí, quiero” mientras una lágrima se deslizaba por su  rostro, quien sabe si intuyendo una vida llena de decepciones y de sueños imposibles junto a su eterna prometida. Cierto es que, a pesar de haberse jurado mutua fidelidad ante todos los parroquianos de la zona ,algo que el ilusionado joven cumplió al pie de la letra desde el primer segundo porque su corazón así se lo dictaba, para Sofía fue algo imposible de llevar a cabo, ya que el recuerdo de Martin invadía sus pensamientos día a día… Noche a noche.
Un día cualquiera la soga se incrustó excesivamente en el apático y envejecido corazón de Sofía y la joven notó cómo su alma entraba en estado de coma irreversible. Contrariamente a lo que le había ocurrido otras veces, en aquella ocasión no se le nubló la razón; al revés, ahora conseguía ver todo con total claridad. Había llegado el momento.
Esa soleada mañana las vistas desde el acantilado eran más nítidas que nunca. Sin vacilar ni un instante, de un firme paso al frente y sin aspavientos innecesarios, Sofía  se entregó a aquellos azules brazos que, desde allá abajo, le animaban a huir de su apagada realidad y  prometían liberarle de cualquier atadura. No se lo pensó dos veces. Se dejó llevar, se dejó querer…