Universo interior



Así me siento
con mi media sonrisa
contemplando el paisaje.
Será el aire de montaña
Quizás quien me encuentre
abierta a todas las  emociones
reposando en mi mente,
en la serenidad del momento,
en la entrega al ahora
que nace del corazón del ser.
Mis pensamientos anclados
en el palpitar de la vida
adoptan una percepción
que irradia desde lo profundo

de mi universo interior.

Integridad


La aurora y mi alma
elevan mis palabras
más allá de las fronteras
y las acogen corazones espirituales
 mientras duermen plácidamente,
cuando las estrellas saludan a la luna
 y la bóveda celeste protege nuestros sueños.
 Revoloteas entorno a mis emociones,
y las abrazas con tu magia
 para dibujar en ellas
destellos de paz
y con ellos te posas en mi alma,
 donde acaricias mi luz
y te siento como una bendición.
 El sol es testigo
 de la calidez que aportas
 a mi momento presente
 y de cómo lo envuelves
 con tu amor y esperanza
en el proceso de mis días.
Aguardas a que el cielo
 se enamore de la noche
y me adentre en el subconsciente
 para llevarme al regazo
del infinito donde lo sublime
se funde con lo divino
y me siento en unidad contigo.
Te miro a los ojos
 y me encuentro a mí misma
en el despertar de un amanecer
con rayos de eternidad

al abrigo del alba.

Amor meu


Imagino que estarás sonriendo en la plaza del olvido, mientras yo sentada al lado de tus pasos te contemplo
Te acercas a la inmensidad de mi espera.
A veces vienes pisando mi sombra
Esculpo un adiós hambriento por volver donde estuvimos…caminabas silencioso cabizbajo, lento. Aun así mis ojos no te alcanzaban
Las hojas del tiempo vuelan, se van haciendo polvo en la retina de mis ojos.
Esta espera desespera, por favor …vuelve.

Julio Cortázar



Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de la espuma, y en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me dé paz. 

No aprenderé por eso a quererte mejor
pero desalojado de la felicidad
sabré cuanta me dabas con solamente a veces estar cerca.

Esto creo entenderlo, pero me engaño:
hará falta la escarcha del dintel
para que el guarecido en el portal comprenda
la luz del comedor, los manteles de leche, y el aroma
del pan que pasa su morena mano por la hendija.
Tan lejos de ti
como un ojo dentro del otro
de esta asumida adversidad
nacerá la mirada que por fin te merezca...


Julio Cortázar/ "Salvo el crepúsculo"

Familia

Este hombre Intratable y  taciturno, miró a través de la pequeña ventana de vidrio con desprecio a su madre. Ella, mujer infeliz y sometida a la miserable voluntad de aquel hombre que jamás pudo nombrarlo padre, a quien había asesinado, no hacía tanto, para hacer la justicia que se merecía el niño dulce y sonriente que había sido y que era, maldita sea, lo único bueno en su patética vida.Al  otro lado de la ventana, la mujer, cansada, miró al hombre en que se había convertido su hijo, un infeliz demasiado parecido a ella, sin embargo en sus ojos encontraba la mirada perdida del último suspiro de su padre.
Miro hacia un costado, una lagrima rodo por su mejilla, quien estaba del otro lado era quizás lo único realmente bueno en su asquerosa vida.

Visitantes

El asqueroso despertador no paraba de sonar, me quede un par de minutos más remoloneando en la cama, como de costumbre.
Me pareció sentir entonces como un silencio expectante pero, incapaz de saber a qué se debía, aparte las mantas y me  incorpore. Escuche  entonces un murmullo ahogado al tiempo que sentía el peso de muchas miradas, pero no quise darle importancia, nunca lograba despertarme del todo hasta que tomaba una ducha.
            Ya en el baño me despoje del pijama y llegó hasta mí, ahora sí, una dolorosa mezcla de carcajadas y aplausos. De un salto entre en la bañera y corrí la cortina. Atónita, espere a que el silencio volviese a ganar terreno; sin embargo, superando el ruido que hacía el agua, llegaron hasta mi algunas frases y bromas en relación con mi apariencia física.
            Más tarde, intentando no encorvarme o dar pistas sobre el miedo que sentía, tuve la oportunidad de revisar cada uno de los rincones de mi casa acompañado de un susurro que repetía sin cesar: “pero ¿se puede saber qué buscas?”.  Un café solo fue mi desayuno, como siempre, al tiempo que una voz opinaba sin pudor: “no parece ser la mejor forma de empezar un nuevo día”. Escogí un vestido, escuche un “buena elección” y acabe saliendo de casa al ritmo de unos gritos que parecían como de animadoras.
            Cuando varias horas después volví a entrar por la puerta, agotada y perpleja, incomprensiblemente rodeada de palmas y vítores, fui al dormitorio directamente y me acosté. Espere que se hiciera el silencio y dije en voz alta, con la mayor autoridad y tranquilidad de la que fui capaz, “gracias por la compañía, pero no vuelvan mañana”. 
Blancas paredes, angostos pasillos, olor a cloaca... .La ciudad despertó, lentamente, con lagañas en las ventanas.
 Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron en la típica crisis de cerebro matutino. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por ese llanto largo y alto, olvidado.
Los vecinos, aquellos que parecían vivir en el inmueble donde se producía aquel estridente ruido lleno de vida, aún incrédulos, fueron poco a poco encontrándose por los descansos de la escaleras para acabar coincidiendo en la puerta, en pijama o cubiertos precipitadamente con una bata, descuidados y nerviosos, dejando a la vista los aparatos que los mantenían con vida o habiendo olvidado en casa las mejoras informáticas que les permitían desprenderse de los achaques y de las arrugas; mientras los periodistas, ya apostados en la acera, intentaban averiguar qué iba a pasar con aquel llanto que hacía años que nadie oía.
Las viejas se santiguaron y rehicieron sus moños. El presidente quiso abrir la sesión y tomar la palabra. Algunos vecinos se lanzaron a hablar a un tiempo, y otros  permanecieron en silencio, un poco ajenos y otro poco superados. Las mujeres y los hombres en edad de procrear, una evidente minoría, se encogieron de hombros y pudieron demostrar que no habían infringido la ley. Los más jóvenes preguntaron curiosos qué era aquello, qué ocurría. Y un pequeño robot doméstico en un rincón contó y recontó el número de desayunos que tendría que preparar esa mañana.
Minutos más tarde, armados de palos, linternas e inmovilizadores eléctricos,  cargados de las últimas versiones de todos los programas de defensa personal, liderados por aquel que iba a grabarlo todo y subirlo a la Red, los vecinos empezaron a moverse hacia el lugar de donde parecía venir el ruido. Subieron piso a piso, arrastraron los pies con una mezcla de miedo y cansancio, dibujaron con pereza cada curva de la escalera y empezaron a preocuparse por sus delicados oídos. El ruido crecía, persistía, dominaba el aire y destrozaba sus constantes vitales aun cuando, de tanto en tanto, parecía adormecerse.
Llegaron así hasta el último piso, donde vivían los vecinos que no querían serlo y que ellos no admitían que fueran, esos que andaban por los tejados como gatos y se los comían, hombres y mujeres primitivos y básicos, carentes de ordenadores y de portátiles, de mejoras y de versiones, seres incomprensibles que lloraban y reían, los únicos que aún se atrevían y lograban llenar de risas la ciudad civilizada y silenciosa.

El joven que llevaba la cámara, ansioso por la fama, anestesiado por ella, se decidió a empujar la última puerta, aquella que ninguno se atrevía a cruzar. Fue entonces cuando lo vieron, los vecinos y la cámara, las pantallas y las consolas: un niño, un bebé, un recién nacido en brazos de una mujer.
Ella los sonrió, cansada pero feliz, segura de tener a su lado a un hombre dispuesto a todo por defender a su familia (una palabra antigua). Él elevó la cabeza, la cámara recogió su mirada, registró su discurso, apenas cuatro palabras y ni una sola duda.

-Ha sido la cigüeña -afirmó.


Y los dos mundos, vecinos y ajenos, cada uno a su modo, se pusieron en marcha otra vez.

Hasta mis libros…



Estamos en otoño y  los libros que tengo en casa perdieron en un par de semanas todas sus hojas. Pensé que no habían recibido los cuidados adecuados, que no recibieron la necesaria cantidad de luz, o que sus historias por falta de aire fresco habían acabado por pudrirse.
Estas frías y largas noches he convivido con sus  cadáveres, negándome a reciclarlos como algunos me aconsejan. Hoy, el tiempo ha venido a darme la razón: limpiando el polvo he creído ver algo así como unas pequeñas yemas, unos bultitos oscuros de los que parecían querer salir algunas letras. Ahora, sólo esperar la salida de las nuevas palabras y pensar en las historias que a buen seguro pueden crecer con mis cuidados, me llena emoción; pero a la vez temo por ellas, es posible que acabe por afectarles la helada que dejaste detrás tuyo, cuando te marchaste de casa.


Motín

           Ese día  amaneció con un silencio, un silencio distinto que costó empezar a escuchar. Quizás demasiado sutil en un principio, hubo que esperar a que creciese, a que las levedades se sumasen y se convirtiesen en marea, del mismo modo que los granos de arena, juntándose durante vidas y siglos, un día conquistan el nombre de playa y reciben las visitas de los niños. Sí, justo así, leve, delicado y pequeño, pero en todas las partes y a la vez, amenazando con llenarlo todo.
Y entonces paso…los hombres, anulados los sentidos, con la cabeza gacha, queriendo no ver y no oír la vida que les había tocado vivir, queriendo incluso olvidar que estaban vivos,  tardaron en levantar la cabeza… ver y sentir ese silencio hermoso, en comprender cuán lejos estaban de todo aquello, cuánto habían perdido y, también, cuánto necesitaban y querían volver a estar ahí.
            Una marea de lápices y bolígrafos, de tubos y receptáculos con pinturas de todo tipo, recorría las calles de la gran ciudad. Seguidos de papeles, láminas y cuadernos…detrás, una nube de cables, de impresoras y  teclados. Todos marchando en silencio, frente a esos hombres que al fin habían levantado la cabeza y observaban y empezaban a recordar y a entender.
            Los objetos reclamaban la libertad de expresión, en el más amplio sentido de la palabra; pedían que las manos que los utilizasen no tuvieran ni pólvora ni sangre ni miedo; y algunos hombres supieron que tras aquella marcha silenciosa estaba quizás su última oportunidad.