El escultor



Manuel estaba cansado, llevaba muchos años trabajando maderas, metales, granitos, decidió que la escultura que acababa de concluir iba a ser su última obra.
La suerte le había sonreído, su labor era reconocida, recibía buen dinero por las ventas.
Muchos años de soledad y concentración habían sido la clave para aquel resultado.

- Están vivas, repetían no en pocas ocasiones, claro, exageraban bastante los seguidores de este arte milenario.

La talla representaba la figura de un joven, podía ser el mismo, claro que en su juventud.

El destino era el hall de entrada de una galería de renombre. Trabajo con entusiasmo, olvidándose muchas veces de comer y de dormir. Más aun, insistió en entregarla personalmente.

Fascinados los compradores se deshicieron en elogios.

Feliz recibió la paga, se premió con una buena cena y mejor vino, luego ya vería.

Le dio una buena propina al mozo, un muchacho con cierta inquietud en la mirada, quien le agradeció sin comprender, era demasiado dinero, los ojos se le llenaron de luz.

El escultor vislumbro el instante, había hecho su mejor tallado. La escultura de la galería no había sido la última.