Se dejo querer


Sofía subió a aquel alejado y solitario lugar a menudo. Y en los dos últimos años contempló las impresionantes vistas al infinito que aquel mirador cómplice de su sufrimiento le ofrecía. En muchas ocasiones, probablemente en demasiadas…  Lo hizo cada vez que sintió cómo la nostalgia se transformaba en una soga asesina que apretaba con firmeza su, ya de por sí, lastimado corazón y se empeñaba en nublarle la razón.
Desde un primer instante la joven Sofía supo que esa relación iba a resultar compleja y que, muy probablemente, estaría abocada a terminar de la misma manera que comenzó aquella tórrida noche de verano: repentinamente. Los camaradas que compartieron confidencias de camarote con el marinero le advirtieron de que iba a sufrir con aquello pero allá se empeñó en vivir esa pasión como la adolescente impulsiva que siempre fue. Al fin y al cabo, tener un amor en cada puerto jamás le había supuesto problema alguno…Nunca…Hasta que ese día en el que todo cambia irremediablemente, llega. Y eso sucedió cuando lo conoció…
Martin jamás osó  exigirle nada distinto a lo que le pedía a las otras, sin embargo ella se lo entregó absolutamente todo.
La desgracia hizo que Sofía enfermase algún tiempo después de conocer a aquel apuesto hombre. Su todavía joven corazón resultó no ser tan fuerte como ella siempre pensó y se vio obligada a regresar antes de lo deseado a la tierra que la vio nacer. Cuando su barco llegó a puerto, lejos de alegrarse por volver a casa, sintió una dolorosa sensación de desapego. Nada de lo que le esperaba en aquel lugar le interesaba lo más mínimo. Aquel estado de continua melancolía perduró más de lo que hubiese sido razonable y únicamente  conseguía apaciguar su desasosiego cuando veía el mar desde aquel impactante acantilado. Mirar al infinito y perderse en el inmenso océano se convirtió en su obsesión. Esas bravas aguas, imaginariamente, le conducían de nuevo a los brazos de su amado y, a través del olor a salitre que trepaba por las escarpadas rocas, Sofía rememoraba el perfume de Martin que, desde allá donde se difumina la línea de horizonte, le continuaba atrayendo con desmedida intensidad. Junto a aquel joven  de mirada intensa y poco pudor, tan distinto en todo a su apocado novio de toda la vida, aquella sirena de mar conoció el verdadero significado de la palabra pasión. Cada encuentro, mucho mejor y más intenso que el anterior, le ataba más fuertemente a la pata de la cama de Martin. Mientras, el compartía sábana con ella y con otros bolsillos generosos. Ella siempre lo supo. Sólo en un principio aquella situación no le importó. Sólo  entonces.
El día de la despedida definitiva, ambos sabían que jamás se volverían a ver, entre revolcones y sudor Sofía adivinó en la mirada de su bello amante que su pena era pasajera. También intuyó que todo en él fue fingido y  aquello le dolió todavía más que el chasquido que sintió en su enfermo corazón cuando cerró la puerta del dormitorio para siempre.
Ya en tierra Sofía fue incapaz de olvidarlo. Nunca consiguió borrar de su mente aquellos labios de ni aquel cuerpo, ni aquella mirada. Jamás. Ni tan siquiera la lluviosa tarde en la que un cándido José Luis le dio el “sí, quiero” mientras una lágrima se deslizaba por su  rostro, quien sabe si intuyendo una vida llena de decepciones y de sueños imposibles junto a su eterna prometida. Cierto es que, a pesar de haberse jurado mutua fidelidad ante todos los parroquianos de la zona ,algo que el ilusionado joven cumplió al pie de la letra desde el primer segundo porque su corazón así se lo dictaba, para Sofía fue algo imposible de llevar a cabo, ya que el recuerdo de Martin invadía sus pensamientos día a día… Noche a noche.
Un día cualquiera la soga se incrustó excesivamente en el apático y envejecido corazón de Sofía y la joven notó cómo su alma entraba en estado de coma irreversible. Contrariamente a lo que le había ocurrido otras veces, en aquella ocasión no se le nubló la razón; al revés, ahora conseguía ver todo con total claridad. Había llegado el momento.
Esa soleada mañana las vistas desde el acantilado eran más nítidas que nunca. Sin vacilar ni un instante, de un firme paso al frente y sin aspavientos innecesarios, Sofía  se entregó a aquellos azules brazos que, desde allá abajo, le animaban a huir de su apagada realidad y  prometían liberarle de cualquier atadura. No se lo pensó dos veces. Se dejó llevar, se dejó querer…