No hay manera alguna de escapar al destino



Sofía necesitaba escapar de amores tóxicos, de mentiras, de manipulaciones, de engaños, de tanta dependencia, de los hombres equivocados. Necesitaba vivir por ella misma, quererse, gustarse, no necesitar. Por eso decidió pasar unos días a otra ciudad. Un lugar para perderse entre caras desconocidas, calles estrechas, que le devolvieran las ganas de hacer cosas, de interesarse por otras cosas.

Lucas estaba agotado, vacío de amores intrascendentes, de historias sin finales felices ni tristes, de historias de amor que ni siquiera empezaban. El miedo a amar, la imposibilidad de entregarse a una persona era su obstáculo para sentir esa ansiedad del amor que te mantiene vivo. Por eso decidió pasar unos días en otro lugar. Un lugar para perderse entre en sus pensamientos en donde dejar enterrados sus miedos y empezar una nueva vida.

Y entonces ambos se encontraron para vivir una historia de amor tan breve que nadie se dio cuenta. Sofía estaba sentada, con los pies descalzos, contemplando ese atardecer precioso que se manifestaba mientras sus pies rozaban aquel césped, pensando, con la mirada perdida en no se sabe qué recuerdos.

Lo que él vio mientras se acercaba fue a la mujer más maravillosa esparciendo melancolía. Solo atino a sonreír... Tardó un instante en volver con la misma sonrisa de antes y se sentó a su lado, Ella desvió la mirada porque sus sentidos le dieron la voz de alarma cuando él la rozó. Y así juntaron sus miradas y luego sus bocas en un beso que los transporto por dentro.

Un beso entre dos desconocidos que se necesitaban urgentemente. Ninguno de los dos quería separar sus labios del otro, sintiendo cómo los temores desaparecían, cómo las inseguridades se convertían en confianza, disfrutando del placer sin obstáculos. Y así estuvieron una eternidad. Una eternidad que duró el tiempo que dura un beso.