Censurado frenesí (Segunda parte)

Cerró los ojos lentamente al tiempo que inclinaba su cabeza hacia atrás, haciendo que su corta y oscura cabellera rizada se meciera apaciblemente sobre su espalda. Suavemente, comenzó a acariciarse ambos brazos a la vez y fue subiendo sus frágiles manos hasta los hombros. Apretó sus brazos contra sus turgentes pechos, donde el corazón parecía haberse vuelto loco e intentaba salir desesperadamente de su prisión, mientras deslizaba sus delgados dedos por debajo de la tersa tela de los tirantes de su vestido. La música dominaba ya completamente sus movimientos y, mientras se dejaba llevar por ella, hizo que el vestido resbalara por sus hombros hasta, con un silencioso crujir de la tela, llegar al suelo. El roce del vestido con su piel hizo que largara un profundo gemido de intenso placer. Sus pechos desnudos parecían intentar salir del cuerpo y dirigirse inexorablemente al interior de la casa.

Comenzó a deslizar sus manos por la aterciopelada piel que cubría su torso hasta llegar a los hirvientes pezones sobre los que empezó a pasar ligeramente los dedos convirtiendo la suave presión concéntrica en roces casi imperceptibles. Su cuerpo comenzó a tiritar de placer mientras un escalofrío le recorría de arriba a abajo y, apretando fuertemente sus pechos contra sí, comenzó a mojar los labios de su ahora abierta y sugerente boca con la mojada y cálida punta de su lengua. Siguió el curso de su cintura hasta llegar a las caderas, donde introdujo sus dedos entre estas y el elástico de las húmedas braguitas que cubrían su inexplorado sexo. Las ayudó a bajar lo suficiente como para pasarle el relevo a la gravedad, que se encargó de depositarlas en el suelo, junto a su vestido, no sin antes hacerlas rozar con la delicada piel de sus piernas, que temblaron ligeramente ante aquella leve pero placentera sensación.

Inconsciente de conceptos como vergüenza o pudor, pasó despacio al otro lado de la cortina para vislumbrar una atmósfera jamás imaginada por ella. Aquí, el hipnótico hedor se mezclaba con el olor de cuerpos sudorosos y la ambrosía del sexo. Las figuras de ambos géneros que yacían sobre cálidas superficies se entrelazaban de formas inimaginables para explotar al máximo el potencial sensual que allí se convertía en cinético y real. La lujuriosa euforia que se apoderó de ella no hizo más que incrementarse cuando vio como se le acercaba con aire tranquilo una figura masculina cuya sudorosa piel destellaba bajo los efectos de los focos rosáceos que iluminaban la sala, mientras que de su pulsante apéndice sexual goteaba aún un líquido blanquecino semiviscoso y salado. Ella abrió sus brazos y le ofreció su más guardado presente, presintiendo que aquel sería el momento en el que al fin alcanzaría la cúspide del triángulo vital que culminaría en su total realización como mujer.

Súbitamente se oyó un fuerte ruido de madera rompiéndose y acto seguido otro golpe más fuerte, una detonación, que resonó en toda la estancia. Su espalda ardió con un doloroso fuego que acabó por quemar todo su cuerpo al tiempo que la sonrisa que había mostrado entonces se tornó en una mueca. Abrió ampliamente los ojos para ver reflejado en el rostro de quien se le había aproximado el espectro del pánico, el desconcierto y la incertidumbre mientras se veía salpicado por una lluvia carmesí. Ella sintió como su cuerpo comenzaba a enfriarse rápidamente mientras oyó una voz a sus espaldas gritar:

¡Ninguna hija mía caerá en pasiones prohibidas!

Pudo ver reflejada en su mente la imagen de su irascible padre, alguien a quien nunca dejaría de odiar, y deseó que estuviera muerto. Pero ya no podía importarle.